No es extraño que ciudad y centro se toquen en su esencia, se construyan con el mismo adoquín, al fin y al cabo comparten una misma dinámica: por mucho que crezca y se fortalezca su circunferencia, sin el núcleo central quedarían a la deriva, en los extramuros. Perderían sentido el término “periferia”, pues éste existe en razón a que queda alrededor de un magma, de un origen o, mínimo, de un punto en común; y el término “unidad” al que sin un eje rector, cruzado en la mitad, le faltaría su característica principal: cohesión.

La historia del mundo, podríamos decir, no es más que una lucha entre centralidades; las cuales tomaron forma de ciudad desde que el hombre cedió a los placeres sedentarios y tuvo tiempo, como diría Lewis Carroll, para la inutilidad, para sentarse en un banquito a pensar y hacer realidad su imaginario. La polis, el feudo, el burgo, la groszstadt, la ciudad industrial, la metrópolis, la megalópolis, la metápolis, la edge city, la exópolis ¡no importa como se las llame, o la forma que tomen! han sido la representación de ese ánimo intangible de la humanidad por el sentido de la pertenencia, por la querencia y la ciudadanía.

En cuanto a Bogotá, su centro goza de unas características y fenómenos propios que constituyen la materia prima de esta Revista, para la cual la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano ha aportado lo mismo que para el Centro de Bogotá: ladrillos, ideas, entusiasmo, análisis, buen juicio y, lo más importante, reconocimiento de la alteridad. No en vano hemos trabajado, codo a codo, con las entidades públicas y privadas, como actores en los planes de desarrollo; y, con las demás universidades –a través de la Corporación de Universidades del Centro de Bogotá– en la consolidación de un centro que emule con Boston, Barcelona, Puebla, París, Seúl, Londres o Sydney, entre otras; ciudades en las que los estudiantes le han devuelto la juventud y la savia al centro histórico, cambiándoles  su uso exclusivamente turístico, comercial y/o administrativo.

Publicado: 2013-04-01

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