Vol. 16 (2) julio – diciembre del 2026
INTRODUCCIÓN
El desarrollo de la microscopía, la histología y la histopatología ha
transformado el estudio de tejidos antiguos de plantas, animales y humanos
(Rodríguez, 2019; Hühns et al., 2015). Los múltiples avances en microscopía permiten
observar de manera detallada células y estructuras subcelulares preservadas en
muestras paleontológicas, arqueológicas, históricas y forenses, proporcionando
datos sobre el verdadero estado conservación tisular y bioquímica de moléculas
endógenas (Guareschi et al., 2024; Anderson, 2022; Fornaciari, 2018; Aufderheide,
2011; Schopf et al., 2009; Schweitzer, 2008; Capasso et al., 2001). Por su parte, la
histología, mediante técnicas de tinción y cortes ultrafinos, ha facilitado
la caracterización de tejidos vegetales fosilizados, identificando patrones de
crecimiento y respuestas fisiológicas a cambios climáticos (Iniesto, 2018; Collinson,
2011; Wang, 2004). Así mismo, la histología ha sido clave para la diferenciación entre
restos óseos de animales y humanos (Treuting et al., 2017; Hillier et al., 2007),
mientras que la histopatología ha permitido el diagnóstico retrospectivo de
enfermedades antiguas, como infecciones bacterianas, neoplasias y trastornos
metabólicos, proporcionando evidencia de la coexistencia entre organismos y
patógenos a lo largo del tiempo (Warinner et al., 2014; De Boer, 2013; Ragsdale &
Lehmer, 2012; Slaoui & Fiette, 2011; Assis & de Boer, 2022; Schultz, 2001).
Pese a los avances, el análisis histológico y microscópico de muestras
biológicas antiguas enfrenta enormes desafíos debido a factores tales como las
restricciones para la extracción de muestras de su sitio de origen o de colecciones
biológicas para su estudio científico (Branson, 2013), así como a la degradación y la
influencia de factores tafonómicos, diagenéticos y ambientales adversos que alteran
su composición estructural (Dauphin, 2022; Booth et al., 2022; Delannoy et al., 2018;
Keenan, 2016; Assis et al., 2015; Turner-Walker & Jans, 2008). Para superar estas
dificultades, se ha propuesto, por un lado, el uso de kits de paleohistología de campo
(Branson, 2013) y, por otro, la exploración de metodologías para examinar la
conservación histológica o tisular y la preservación bioquímica de moléculas endóge-
nas (Anderson, 2023; Colleary et al., 2022; Kontopoulos, 2018; Henderson et al.,
2013; Szpak, 2011; Haynes et al., 2002; Gardner, 2000; Guarino et al., 2000).
Desde sus inicios en el siglo XVII, la microscopía ha experimentado una
notable evolución, expandiendo sus capacidades con el desarrollo de tecnologías de
alta resolución, tales como la microscopía electrónica, la microscopía confocal y la
microscopía de fuerza atómica (AFM), que ofrecen una precisión sin precedentes
(Peddie & Collinson, 2014; Alison et al., 2010; Denk & Horstmann, 2004). Si bien la
microscopía óptica convencional ha sido la técnica reina en el análisis de muestras
biológicas antiguas y de colecciones de museo, en estudios paleopatológicos; por
ejemplo, la microscopía electrónica de barrido (SEM) ha permitido caracterizar
microestructuras óseas y dentales, facilitando la identificación de patrones de
enfermedades en restos humanos antiguos (Assis et al., 2015; Schroeder et al., 2014;
De Boer et al., 2013; Brothwell & Pollard, 2001). En ciencias forenses, la SEM, en
combinación con la espectrometría de rayos X por dispersión de energía (SEM/EDS),
ha sido ampliamente usada en el análisis de diversos tipos de evidencia traza y mi-
crovestigios (Vermeij et al., 2012). Del mismo modo, en paleobotánica, la
microscopía confocal ha sido fundamental para examinar las estructuras de las
paredes celulares en plantas fósiles, preservando detalles que serían imposibles de
observar con métodos convencionales (Hsieh et al., 2020; Howard, 2005).