
LA TADEO DEARTE 9 N.º 12 - 2023
SAPERE
: SABER/SABOR O SOBRE LA NECESIDAD DE «SABOREAR EL CONOCIMIENTO»
Pero si parece que esos son los principios que le de-
finen y son realmente valorables, ¿qué podemos decir
de cómo se ha ido traduciendo todo ello en nuestras
sociedades contemporáneas? ¿Cómo se ha traducido el
hecho de que el conocimiento se haya convertido en un
valor de cambio que realmente cotiza en bolsa —solo
hay que observar algunas de las editoriales de revistas
académicas que funcionan así, por ejemplo—?
La propia Unesco hace referencia a los peligros que
podremos observar como reales y tangibles en nuestros
entornos más cercanos: el epígrafe en el que lo aborda
se titula, precisamente, «Los peligros de una mercantili-
zación excesiva de los conocimientos»
De hecho, no faltan críticas e inquietudes ante
una situación en la que el conocimiento podría
acabar autodestruyéndose como tal, a fuerza
de ser manipulado en las bases de datos y los
motores de búsqueda, de ser integrado en la pro-
ducción como dispositivo de la «tecnociencia» y
de ser transformado en condición del desarrollo,
elemento de poder o instrumento de vigilancia.
Una apropiación o mercantilización excesiva de
los conocimientos en la sociedad mundial de la
información representaría un grave peligro para
la diversidad de las culturas cognitivas.24
Precisamente, esta última reflexión va en la misma
dirección de la tesis que se está pretendiendo defender
en la presente investigación: lo cognitivo, el conoci-
miento inteligible, no solo pertenece a las ciencias, las
artes; el saber es la suma de ese pensamiento cognosci-
ble y esa experiencia sensible, lo puramente empírico.
La tecnocultura por definición estandariza esa cogni-
ción hasta el punto de relegar o, más bien, dejarla por
fuera de la ecuación de la conformación de conocimien-
to. La cultura se define por su dimensión simbólica,
mientras que las artes y el saber también se definen en
la dimensión cognitiva.
También encontramos otras referencias en la
misma dirección, como la del profesor e investigador
Manuel Medina, en su artículo «Tecnociencia»:
El imperativo de la tecnocientificación total des-
emboca en la homogeneización tecnocientífica
global, con la desaparición no sólo de especies
biológicas sino también de especies cultura-
les basadas en sofisticados sistemas técnicos
blandos. Las culturas centradas en el primado
ilimitado de la intervención tecnocientífica global
no pueden dejar de ser fundamentalmente cul-
turas de riesgo, pues sus riesgos característicos
son, en definitiva, construcciones tecnocientífi-
cas. Las limitaciones del modelo de evaluación y
de intervención basado en la tecnocientificación
de esos mismos riesgos radica, precisamente, en
que dicho modelo es el origen de los males que
intenta remediar.25
De hecho, son las mismas palabras que Moraza
pronunciará unas décadas después en la citada con-
ferencia de 2017: «Es cuando más las consecuencias
de una cierta cultura tecnocientífica empiezan a verse
también como causas de su propio fracaso»,26 por lo
que podemos afirmar que lejos de mejorar, la situación
se ha agravado.
Planteamos que la circunstancia se ha agravado
no solo por la especialización de saberes —necesaria
en gran parte— y por estructurar nuestros modelos de
conocimiento y educativos en una clara separación,
sino que el apoyo epistémico cae sobre las ciencias, por
el que deben pasar todas las áreas del saber, como lo
menciona Moraza, «la epistemología no reconoce como
conocimiento el orden de lo simbólico».27
Aquí Moraza plantea una controversia central
para dar posibles respuestas a la necesidad de propo-
ner nuevos modelos, nuevas metodologías, nuevos
enfoques y abordajes en la urgencia de construir una
sociedad del saber, pero que nos llevan a las mismas
controversias que se plantearon con el nacimien-
to de la ciencia de la cognición sensorial que definió
Baumgarten, la cual aunque situaba a lo sensible en el
plano de lo cognoscible, sí la definió como gnoseolo-
gía inferior y la conformó a partir de unos parámetros
racionales-objetivos. Curiosamente, muy similar a
los interrogantes que plantea Moraza, pero que nos
permitirán después afinar la definición de la sociedad
del saber.
Por ello, identificar el arte como un «modo de
conocimiento», requeriría la formulación de una
eventual «Teoría del Conocimiento Artístico»,
lo que (a) exigiría una certificación de ciertas
condiciones de pertinencia y falsación —propias
del conocimiento científico—, que resultarían
impracticables en y sobre arte; y (b) concedería al
arte un lugar subsidiario de la propia epistemolo-
gía como «teoría del conocimiento científico», de
acuerdo a la cual, el arte resulta «impertinente»
como conocimiento, o bien se identifica como
«paleo-conocimiento», o simplemente como
«impostura intelectual» (Sokal, 99). De acuerdo
con la noción de conocimiento en las «socieda-
des del conocimiento», el arte aparece más bien
como un saber basado en el principio de comu-
nicabilidad de complejidades no necesariamente
ininteligibles.28
No obstante, el error partiría de intentar catego-
rizar a las artes como conocimiento en los límites del
modelo científico —o como un modo de conocimiento,
tal como él refiere— en las sociedades del conocimiento
y no desde las bases de una sociedad del saber, pues las