Ambas decisiones sobre la moneda aurífera y fraccionaria fueron
atípicas dentro del contexto indiano. Con esto se satisfacía la necesidad de
moneda fraccionaria y supresión de la plata corriente, cuya necesidad
había motivado incontables súplicas. Sin embargo, el descontento
cartagenero no se apaciguó; al contrario, se manifestaron en desacuerdo
con el uso del vellón, reconociendo, como se ha argumentado para este
mismo debate en el siglo XVIII neogranadino, que “la inyección de moneda
de cobre para reemplazar la de baja escala no mejora necesariamente el
bienestar global” (Torres, 2012, p. 185).
A su entender, en tanto su valor fuera reducido y no circulara en otros
espacios, los intercambios se limitarían a su provincia, dificultando el
ejercicio mercantil de su élite de factores y comerciantes. Aquí se evidencia
la preocupación por conservar la proyección de su comercio y el
importante rol que desempeñaban en la economía caribeña, indiana y
trasatlántica (Vidal, 2002). Además, interpretaron el vellón rico como un
medio de pago poco apetecido que encarecería sus tratos. En ese sentido,
temieron la aparición de un premio por el desfase de la moneda
neogranadina con relación a las acuñadas en otras cecas americanas,
calculando la reducción de la moneda de plata en un 30 %. Por ello,
solicitaron moneda acendrada de la misma ley, peso y talla que la peruana
o novohispana (11 dineros, 4 granos y 67 reales por marco) en la misma
nominación de cuartillos, medio reales y reales. Es decir, suplicaron por
moneda fraccionaria para atender las transacciones menores.
En medio de estas negociaciones, y pretendiendo desarticular las
quejas de Turrillo por las enormes sumas que había invertido sin obtener
beneficio alguno por la parálisis de la operación de emisión, la élite
mercantil cartagenera, canalizando su proyección política mediante el
cabildo de la ciudad, ofrecieron servir a la Corona con 30 000 pesos de ocho
reales para indemnizar al ingeniero por los perjuicios ocasionados e incluir
un donativo por otros 10 000 pesos —en lugar de una sisa o derrama—,
sumando 40 000 pesos en total. Por supuesto, la Corona aceptó el dinero,
pero según argumentó no a cambio de una concesión sobre su regalía de
la moneda, sino por la necesidad de dotar a la ciudad de numerario de
buena ley, reservando el dinero para satisfacer las pretensiones de Turrillo